Ya comentaba el otro día que estamos en época de balances. Será por eso (y porque alguien me dijo que a ver cuándo volvía a escribir aquí) que decido plasmar algunas reflexiones. No sé si podré ligarlas todas. Vayamos por partes.
Ayer me ofrecieron un proyecto que rechacé por falta de disponibilidad. Hasta aquí, nada fuera de lo habitual, es algo que sucede continuamente, ya he aprendido a decir no. Sin embargo, el proyecto que me ofrecieron prometía ser muy interesante (y estresante, todo sea dicho), mientras que el que ya tengo apalabrado encajaría más bien en la categoría “de algo hay que comer”. Alguien muy cercano, al oír mis lamentos por la oportunidad perdida, me preguntó: “¿Por qué no has aceptado este nuevo proyecto y te has desdicho del otro?”. Es cierto, ¿por qué lo hice? Pues rechacé el proyecto prometedor por ética, porque no me parecía profesional incumplir un compromiso que había adquirido, por mucho que al cliente no le fuera la vida. Porque no me gusta gastar cartuchos de confianza si no es estrictamente necesario.
Lo gracioso de todo esto es que, hasta la llamada de ayer, estaba satisfecha y convencida de estar actuando bien. Me las daba de conocer mi mercado, de saber que enero es un mes flojito, de que me convenía tener algo apalabrado y más si, por plazo, me iba a permitir colar otras cosillas para no desatender a mi clientela. Lo último que se me podía ocurrir es que, llegado de la nada, sin previo aviso y sin margen de maniobra, me iba a llegar otra oportunidad a priori más deseable.
Y esto me lleva a la segunda reflexión. Esa llamada no fue casual, no me encontraron en ningún directorio, en la red ni en las páginas amarillas. Alguien les dio mi número. Alguien que a su vez también había rechazado el proyecto (aunque por motivos diferentes a los míos). Alguien que cree que, con todas las salvedades, puede recomendarme sin que eso le vaya a perjudicar tarde o temprano. Será entonces que no lo estoy haciendo tan mal, y con eso no me refiero a la calidad de mi trabajo, sino a cómo me planteo la profesión.
Ya he hablado de ética y profesión, lo que me lleva a dejaros aquí el enlace al código deontológico de Asetrad.
¿Y el refranero? Esto viene por la fecha, día 20 de enero, y por uno de los deberes que se recoge en el código deontológico, el de respetar las obligaciones fiscales. Resulta que se ha estado hablando sobre la necesidad o conveniencia de contratar los servicios de una gestoría para delegar en ella las cuestiones fiscales. Las opiniones de mis compañeros van del “zapatero a tus zapatos” al “yo me lo guiso, yo me lo como”. Aquí no creo que se demuestre más o menos profesionalidad por una opción u otra, creo que se trata más bien de una cuestión de gustos y de las posibilidades de cada uno, sin olvidar que hay modelos de negocio más complejos que otros, por lo que, una vez más, no me atrevo a decir ni blanco ni negro.
Empar